¿Ves armonia en esta imagen? Igual te parecerá un pedazo de tierra lleno de hierbajos varios, todos enredados, muy apretujados, pero en realidad es un huerto en permacultura y está lleno de vida. Oí hablar de ese “palabro” hace más de 15 años cuando proyectábamos crear una Asociación de Hábitat Sostenible que nos ayudara a seguir viviendo en ciudad sin renunciar a nuestros criterios rurales, un edificio de bajo consumo energético, con espacios comunes, luz natural y huerto del que alimentarnos. En nuestras reuniones alguien mencionó esa forma de cultivar que se extendía también a todos los factores del consumo diario. El método comenzaba a caminar en Europa y si querías aprender de él tenías que viajar a Australia y quedarte allí un tiempo conociendo el trabajo de sus creadores, los ecologistas Billi Mollison y David Holmgren. Los dos habían fundado el Instituto de Permacultura en 1979 para enseñar esa fórmula agrícola basada en el respeto a los ciclos de la naturaleza y los seres que forman parte de ella, el aprovechamiento de los recursos cercanos y el conocimiento máximo de que menos es más, incluida la reducción del trabajo en el huerto. Así pues aplicando la permacultura planteabas un huerto que vive y crece a su aire, casi sin la mano humana, casi, porque algo sí que es necesario hacer. Para sus creadores el objetivo era desarrollar un tipo de agricultura permanente, esa permanent agriculture acabó llamándose Permacultura.

Fíjate que estamos hablando de finales de los años 70 del siglo pasado, ya entonces y en términos de Permacultura se conocía el impacto de la mano humana en los ecosistemas  y se temía por la acción cada vez más destructiva de nuestra especie. Por eso los primeros permacultores australianos quisieron imitar al bosque y su ciclo permanente, pensaron “si aprendemos de la autosuficiencia y regeneración de los bosques sabremos cómo conseguir alimento, cuidando la naturaleza, creando sociedades conectadas entre sí y facilitando la redistribución de excedentes alimentarios”.  Se trataba de tejer una ética para la vida, incluyendo la actividad de los animales más cercanos al ser humano y observando su huella en el entorno. De la misma manera que la Permacultura iniciaba sus pasos en las antípodas, en Inglaterra se forjaban libros que explicaban experiencias en la misma dirección. Su autor era un defensor de la vida autosuficiente, se llamaba John Seymour y había dedicado su vida a demostrar cómo vivir en el campo, en poco espacio,  con todo lo necesario y apostando por una vida sencilla y en armonia con el entorno. Sus libros “La Vida en el Campo” y “El horticultor autosuficiente” se editan continuamente y continúan siendo inspiración para aquellas personas que cansadas de trabajos estresantes y competitivos deciden dar un vuelco a su vida y comienzan el camino hacia una realidad rural minifundista, activista y anticonsumista. Seymour era todo un personaje, yo empatizo mucho con él por muchas cosas pero sobretodo porque tuvo su etapa de locutor de radio, en la BBC, el Canal 4, realizando programas en los que difundía esos conceptos de autosuficiencia que luego dejaría escritos en sus libros, una enorme labor que destinaba a esos “downshifters” reales o imaginarios seguidores suyos. Fué un activista hasta el final de sus días, cuando lo demandaron por dañar una granja de remolacha transgènica de la Multinacional Monsanto. Imagina un momento del juicio:

Seymour- quizás han sido las hadas las que han dañado la plantación.

Juez- pero las hadas no dejan huellas de botas en el barro.

Seymour- bueno, puede que se pusieran botas y se disfrazaran para despistar y evitar la demanda.

Lo dicho, John Seymour fué todo un personaje. Ojea sus libros, no te defraudarán.

 

 

Tanto Seymour como los creadores del concepto de Permacultura coincidían en la posibilidad de cultivar en muy poco espacio, de manera ecológica y sin el uso de pesticidas ni herbicidas. La diversidad de especies y la rotación de alimentos en la plantación era otro de los principios básicos. Y eso precisamente fué también el secreto de otro método nacido en Mallorca y que caminaba en paralelo. Su creador Gaspar Caballero de Segovia lo bautizó como “Parades en Crestall”, parada significa bancal en mallorquí y Crestall se refiere al manto orgánico en el que cultivar con éxito buenas verduras. Adivinarás que el método consiste en crear unos cuantos bancales, cuatro en concreto para seguir la rotación de alimentos, de unas medidas justas y con mucha materia orgánica que aporte riqueza y vida. Esa fórmula precisa facilita la organización de los vegetales por familias botánicas y aporta el plus orgánico por encima de la tierra y no mezclado con ella, a manera de mantillo orgánico. El objetivo es cultivar con la mínima superficie de tierra, sin productos químicos, con el mínimo consumo de agua sin pesticidas, con el mínimo trabajo de siembra sin semillas transgénicas, con el mínimo mantenimiento y consiguiendo una máxima producción. Pero las “Parades en Crestall” tienen un plus añadido, se trata de su estética, bonita como un jardín cuidado y ordenado al mismo tiempo, sin la exageración de la jardinería convencional muy dada al césped artificial, llena de matices y colores que ofrecen las floraciones de los alimentos. Además es factible de reproducir en zonas muy distintas, entre ellas en ciudades porque los bancales se pueden crear elevados, sobre superficies urbanizadas y en poco espacio, en terrazas por ejemplo.

Las escuelas han sido las que más han adaptado el método de Gaspar Caballero de Segovia a sus espacios y también lo fué durante un tiempo la Fundació Miró de Barcelona  que instaló en su patio central unas Parades de Crestall en las que nacían alimentos que consumían las familias de los empleados. Fué entonces cuando un iniciado en el mundo de la horticultura y cineasta reconocido, Bigas Luna, decidió filmar la evolución del huerto en el museo. Estábamos en 2003, el año del diseño, el cineasta y también artista le puso el nombre de Nodrir al proyecto de la Fundació Miró. Bigas vivía un momento de proximidad con la tierra, con la horticultura y Gaspar Caballero de Segovia era en eso su aliado y consejero. Le ayudó a comenzar cerca de su casa el huerto que luego se convirtió en parte indisociable de la vida de Bigas Luna. ¿Qué mejor obra de arte que la que nos da la tierra, para estar en un museo? De hecho, Joan Miró tenía una relación muy estrecha con la tierra. Él mismo había escrito “concibo mi taller como un huerto, aquí alcachofas, allí patatas. Para que los frutos crezcan hay que cortar las hojas y en un momento de su evolución hay que podar. Trabajo como un jardinero”. Y también la tuvo Bigas Luna en sus últimos años de vida. Junto a Carles Porta, Bigas Luna escribió el guión de su particular versión del “Mecanoscrit del Segon Origen” de Manuel de Pedrolo que no pudo acabar de filmar y uno de los espacios clave de la película fué el huerto que debía presentar el paso de las estaciones en la película. En el libro “L’Hort del Segon Origen” (Fundació Carrulla edit.) el autor Jordi Puig i Roca escribe detalles de ese trabajo extra en los decorados naturales del film pero también aprovecha para desarrollar un Manual de Horticultura práctica, con la mirada puesta en la autosuficiencia y la supervivencia, al estilo y con la esencia de los autores que te he mencionado más arriba.

 

 

Más antiguo que todo lo que te he explicado es un método que ha vuelto a recuperarse hace poco, la Agricultura Biodinámica. Fué Rudolf Steiner, creador también de la antroposofía, quién acuñó el término Biodinámica a finales del s. XIX para definir unas prácticas agrícolas que buscaban un equilibrio entre el hombre y la tierra, asegurando con ello la salud de las plantas y del suelo en el que se cultiva. Esa salud del suelo se conseguía gracias a la aportación de adobe creado no a partir de un proceso químico sino con prácticas de la antigua alquimia basadas en las propiedades de las mismas plantas.

Para muchos, la Biodinámica fué predecesora de la actual agricultura ecológica y orgánica y también lo es de la actual Agricultura Regenerativa de la que te he hablado en otros posts.

A estas altura del artículo ya has podido comprobar que aunque las formas de definir nuestra manera de cultivar sean diversas: permacultura, biodinámica, agricultura regenerativa, se trata siempre de respeto, respeto por la tierra, por los seres que habitamos en ella, por la vida y la muerte. Y si hay ahora un libro que habla de ese respeto por la vida y del cultivo, este libro es el que han escrito Gisela Mir y Mark Biffen a partir de su experiencia en su finca del pequeño pueblo de Cardedeu, en Catalunya. Los dos crearon en 2009 el proyecto de permacultura Phoenicurus y a través de estos años han conseguido convertir el lugar en un bosque de alimentos de gran rendimiento sin dañar la calidad de la tierra. La editorial La Fertilidad de la Tierra les ha publicado “Bosques y jardines de Alimentos, diseño, plantación y mantenimiento. Espacios de Belleza, salud y abundancia” y te aseguro que todo esto es lo que relatan en sus 191 páginas, incluida al final una lista con proyectos similares al suyo que ahora sanan la tierra en Asturias, Valencia, Málaga, Reino Unido, Francia, Noruega, Devon, Grecia, Italia y Dinamarca. Echa un vistazo a su página web haciendo clic aquí pero quédate sobre todo con el libro, porque ahí está todo.

Y si prefieres escucharlos en voz, aquí te dejo con el podcast del programa en el que los entrevistamos a propósito de sus experiencias. Un podcast para el nuevo año con la mirada puesta en la Permacultura, aparecerá a partir del 1 de enero de 2022 aquí.

 

Pilar Sampietro.